jueves, 31 de octubre de 2019

Lo que Yaro nunca supo


Lo que Yaro nunca supo



Cuando Yaro creció pudo saber de boca de otros niños la historia de una mujer que años atrás se fue de la aldea con un inglés que vendía relojes. Lo supo porque de allí procedían algunos relojes que todavía quedaban en poder de ciertas familias, y que las mujeres jóvenes que los recibían de sus madres como herencia preciosa los lucían aunque en realidad no indicaran la hora porque no funcionaban.

Lo que no sabían los jovencitos es que esa mujer, llamada Zina había sido libre como un ave. Sus iguales trabajaban para mantener a sus familias labrando la tierra, criando hijos, elaborando la comida y todas las tareas imaginables ya fuese para ayudar al hombre, cuando tenían uno, o siendo cabeza de familia. Zina en cambio se dedicaba a pasear, bailar en las fiestas y vivir romances con hombres de su aldea y de aldeas vecinas. Su actitud, mal vista por las otras mujeres llegó al colmo cuando Zina tuvo un hijo y a poco de parirlo lo dejó al cuidado de su madre para seguir su vida libre y aventurera. Conoció a un inglés que recorría las aldeas vendiendo relojes y se enamoraron. Alexander se llamaba y vendía vistosos relojes de pulsera, todos de hombre, de metal brillante, podía creerse que eran de oro. Pocos relojes había hasta entonces en pocas casas y menos eran los que lucían en sus muñecas algunos hombres, no era práctico usarlos en las rudas tareas y tampoco le daban demasiada importancia a los horarios. La gente se guiaba por la salida y puesta del sol y el su recorrido de este por el límpido cielo africano. Así que no tuvo demasiado éxito el relojero Alexander y cuando decidió partir en búsqueda de mejor mercado para sus relojes se llevó con él a Zina, luciendo ella un hermoso reloj en su muñeca. Era la única que tenía este adorno, las demás mujeres no podían darse el lujo de pagarse un reloj. Otras necesidades elementales tenían para gastar el poquito dinero que  llegaba a sus manos,  por lo general subsistían con el trueque.

Antes de partir Alexander había descartado un lote de relojes que no pudo reparar y Zina como despedida se los regaló a mujeres que conocía. Ellas también los usaron imitando a Zina. No sabían leer la hora y no les interesaba que esos relojes no funcionaran, pero les gustaba lucirlos como adorno.



El pequeño niño abandonado, al que su abuela puso el nombre de Yaro, creció sin saber de su madre verdadera, él siempre tuvo por tal a quien en realidad era su abuela. Ya adolescente supo, como todos en la aldea, la historia de aquella mujer pero jamás sospechó que era la historia de quien   le había dado la vida. Tampoco nadie se lo dijo. ¿ Para qué? Si en la moral aldeana Zina no merecía el título de madre ni mucho menos nublar la felicidad del buen chico que era Yaro.



Zina (La diosa espíritu) Yaro (hijo)

martes, 17 de septiembre de 2019

"EL CIEGO" LIMOSNAS CON BOFETADAS


Cuando Pasó a mi lado con su bastón blanco, no imaginé el episodio increíble que seguiría y las serias consecuencias que tendría para mi. Se detuvo dos pasos más adelante y me dijo:
Ciego: - Señor, me daría una limosna.
Carlos:-Si, claro.
Ciego:- Pero tengo que aclararle algo.
Carlos:- Es que…Tengo prisa, tome su limosna. (Le toma la mano y trata de darle un
              billete)
Ciego:- No puedo aceptarla.
Carlos:- ¡ Entonces chau ! ( Molesto, empieza a alejarse, el ciego le traba las piernas    
               con el bastón y trastabilla pero no se cae gracias a que el ciego  lo sostiene)
Ciego:- Tengo que decirle algo importante.
Carlos:- Bueno, pero dele, que voy tarde al trabajo.
 Ciego:- (De una , como arrojándole un baldazo de agua helada en la cara): Juré no     
               recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada de una bofetada.
Carlos:- ¡No me joda! Tómela o déjela…(Estira la mano con el billete y amaga alejarse
               pero se contiene temiendo que lo trabe de nuevo)
Ciego:- Deme la bofetada, le recibo la limosna y se va; disculpe ¿de cuánto es?
Carlos:- (Fastidiado) Diez pesos.
Ciego:- ¡Miserable!
Carlos:- ¡Terminemos! Tengo que irme, me van a despedir…Hagamos una cosa: Le doy
               veinte pesos pero sin bofetada.
           Nadie quiere darme una bofetada.
Carlos:- Sería una crueldad
Ciego:- Por qué
Carlos:- Cómo por qué, le parece bien darle una bofetada a un pobre ciego.
Ciego:- ( Le dá una bofetada a carlos) ¡Quite lo de pobre!
Carlos:- ¡Eh! ¿ Qué hace?
Ciego:- ¡ Quite lo de pobre!
Carlos:- ¿Pero, qué dirán si alguien me viera pegándole a un po…A un ciego?
Ciego:- No dirán nada , la gente no quiere problemas. ¡Vamos, ahora! Pero tiene que aumentar la limosna:
              me da la bofetada y treinta pesos…
Carlos:- ¡ Encima regatea!
Ciego:- Métale, ahora que no pasa nadie.
Carlos:-¿ Puede ser suave?
Ciego:- ¡No,  Fuerte!
Carlos:- ¡Ahí va! ( El ciego acerca la cara y Carlos le da una bofetada que lo hace
              trastabillar pero agarra al vuelo los tres billetes de diez pesos)
Odilia:- ( Aparece de pronto e increpa a Carlos) ¡Salvaje!, ¡Cruel!, ¡Hijo de pip! Qué desvergüenza: pegarle a un pobre ciego.
Ciego:- ( Le da una bofetada a la mujer) ¡Quite el pobre!
Carlos:- Porque el hizo un juramento…
               bofetada.
Odilia: ¿Y por qué hizo eso?
Carlos:- Para ayudarlos a ustedes, para retribuirles su ayuda.
Odilia:- ( en el colmo de su asombro)  Pero, ¡cómo puede ser!
Ciego:- Porque todos tenemos ganas de darle una bofetada a alguien.
Odilia:- (Piensa…) Tiene razón.
Carlos:- Es verdad.
Ciego:- Por eso: a quien me ayuda con una limosna yo le ayudo a que satisfaga su
             deseo de dar una bofetada Es como una   descarga a tierra. ( A la mujer) Pruebe
              señora, deme una limosna, pero antes, la bofetada.
Odilia:- (Busca en su cartera y extrae un billete, pero cuando se acerca para darle la
            bofetada se contiene) ¡Ay, no! Es muy cruel
Carlos:- Dele, yo estoy atrasado, y me van a despedir …
Ciego:- No lo piense y pégueme fuerte. ( Le acerca su cara Odilia cierra los ojos y le
             pega fuerte bofetada, el ciego le saca el billete de la mano)
Hombre:- ¡ Qué hace pedazo de bruta!
Ciego:- ¡ Usted no se meta !
Carlos:- le voy a explicar.
Hombre:- ¡ Qué me va a explicar! Lo que ha hecho esta mujer no tiene explicación
                 (Indignado) Pegarle a un pobre ciego.
Ciego:- ( Arroja una bofetada al Hombre, pero este la esquiva) ¡Quite lo pobre!
Carlos:- El no vidente hizo un juram….
Ciego:- Tengo nombre
Carlos:- ¡ Ah, si! Claro…¿Disculpe…?
Ciego:- Hermenegildo, pero puede llamarme Herme , no mas
Carlos:- ( Le extiende la mano) Mucho gusto, Carlos.
Ciego:- Encantado de conocerlo.
Odilia: Y yo soy Odilia, pero pueden decirme Odi…( Se saludan los tres.)
Hombre:- ( Fastidiado) Bueno…¿Y la explicación?
Carlos:- Resulta que este pobr…Perdón, este ciego…
Ciego:- ¡Deje, Carlos, yo puedo explicar mejor mi situación!
Carlos:- Disculpe, Herme, ¡Adelante!
Hombre: Explique de una vez, porque se me hace tarde.
Ciego:- Yo juré no recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada de una
               bofetada.
Hombre:- ¿Me está cargando?, Mire, tome su limosna y chau…
Ciego:- No puedo aceptarla
Hombre: ( Se dirige a Carlos) - Deben ser un par de vivos. La gente  hace cualquier
              cosa para ganar la plata sin trabajar.
Carlos:- ¿ Qué insinúa?
Hombre:-  No insinúo, se los digo directamente: ¡VAGOS ¡…¡ Y  tome! ( Le da una
                  Bofetada)
Carlos:- ¡ Eh! ¿ Por qué me pega?  No soy ciego…
Hombre:- Por eso mismo.  (Saliendo de escena)
Ciego:- ( Al hombre mientras sale) ¿Cómo se siente?
Hombre:- Mejor que ustedes, seguro.
Ciego:- Vio, se siente mejor porque le pegó una bofetada. Es lo que le decía…
Carlos:- Pero yo me siento muy mal…Ligué una bofetada de arriba.
Ciego:- Bueno, ya sabe el remedio, me da  una bofetada y una limosna.
Carlos:- Qué vivo, si ya le di la limosna, debería permitir que lo abofetee gratis.
Ciego:- juré no recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada de una
               bofetada.
Carlos:- ( Busca en sus bolsillos)  No tengo cambio…
Ciego:- ¿ Cuánto tiene?
Carlos:- No le voy a decir.
Ciego:- ¿ Cien? ( Carlos no responde) Bueno, deme los quinientos que tiene.
Carlos:- ¿ Cómo sabe?
Ciego:- Experiencia deductiva. ( Señal con los dedos que se los dé)
Carlos:- No puedo dárselos, no son míos. Me los dio mi esposa para hacer las compras.
-Ciego:- Pídale a alguien.
Carlos:- Cómo voy a pedir, no soy un pobr…No soy un mendigo.
Ciego:- Yo tampoco. Pero mire, tome mi bastón y mis anteojos y pida limosna, le van a
             dar…La gente es solidaria
Carlos:- Está loco, pida usted que es el  ( Duda, iba a decir pobre ciego) No vidente.
Ciego:- Pero es usted el que se siente mal. Pida, use mis atributos de ciego y pida, así
             me puede dar la limosna y una bofetada.
Carlos:- No puedo. Mis principios no me lo permiten.
Ciego:- Se va a seguir sintiendo mal.
Carlos:- ( Saca su dinero del bolsillo, revisa y elige un billete de diez pesos) Bueno, le
               daré una limosna. (Se acerca para darle la bofetada.)
Ciego:- ¿ Me va a dar los quinientos, entonces?  
Carlos:- ( Intentando engañarlo) Es lo único que me queda.
Ciego:- A ver, déjeme tocar el billete, quiero estar seguro.
Carlos:- Primero la bofetada, usted lo ha dicho.
Ciego:-  ( Con picardía) Esta vez, sospecho que me quiere engañar,
Carlos:- Por qué iba a engañar a un pobr…A un no vidente.
Ciego:- Porque es un miserable, nunca daría más de diez pesos de limosna.
Carlos:-  Lo conozco hace rato Herme y  le cobré afecto. Le daré los quinientos.
                   Carlos Se acerca y le “ mide” la bofetada.
                  
Ciego:- ¿Ah, si? ¿Y porque tiene un billete de diez pesos en la mano?
                   Carlos piensa y sospecha, entonces con cautela se aleja.
Carlos:- ¿Cómo diablos sabe que me alejé?
Ciego:- ( Duda) Escuché sus pasos alejarse.

Carlos:- Mentiras, tuve mucho cuidad de no hacer ruido. ( Se vuelve y lo increpa) ¡Mentiroso!, Falso, estafador. Lo voy a mandar preso.
Ciego:- Pero Carlitos… Venga, escúcheme…( Carlos se acerca  y le da una bofetada)
Carlos:- (Suena su celular, lo atiende) Hola, ( Escucha) ¡No! ¡No! ( Mirando hacia
                el Ciego)  Lo voy a matar.
Carlos:- (Lo toma del cuello y lo acogota con violencia) Me hecharon del trabajo.
Odilia:- ( Apareciendo de pronto) ¡Eh! ¡Salvaje!, ¡Cruel!, ¡Hijo de pip! Qué desvergüenza:
             pegarle a un pobre ciego.
Carlos:- Es un impostor.
Odilia:- (Llamando) ¡Agente, aquí!   ¡Venga pronto!
Agente:- ( pareciendo de inmediato) ¿ Que está pasando aquí?
Odilia:- Ese hombre ( Por Carlos que abatido se ha sentado en cualquier parte) intentó
            estrangular a este pobre no vidente
Ciego:- Y antes me dio varias bofetadas.
Agente:- ( A Carlos) Sus documentos señor. ( Carlos como un autómata le da su tarjeta)
Carlos:- Ellos son estafadores, él no es un pobre….
Agente:- ¡Silencio! (Mientras le coloca las esposas) Deberá acompañarme a la comisaría
    Ambos el Agente y Carlos, este blasfemando toda clase de improperios salen de escena.
Odilia:- ¡Pero…Qué les pasa! ¿Por qué esta violencia?
Ciego:- La gente está muy tensionada, necesita descargarse, por eso yo:
Odilia:- ( Con sorna) “Juraste no recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada
               de una bofetada”, te lo escuché decir miles de veces,
Ciego:- Y hasta ahora no nos va tan mal, querida.
Odilia:- Si, claro. Pero veamos la recaudación de hoy, quiero mi parte, tengo que hacer…
Ciego:- Vamos a ese café de la esquina, y ahí repartimos,
Odilia:- Dale, apurate,¡ Vamos!
Ciego: (Mientras salen)- Como siempre, el cincuenta para mi y para vos y el “agente” el
            otro cincuenta.
Odilia:- ¡Explotador!
Ciego:- Y bueno querida, yo soy el que se liga las bofetadas.

                Salen de escena mientras el Ciego se va quitando los anteojos oscuros y pliega el bastón blanco.  

miércoles, 28 de agosto de 2019

HACE FALTA UN MILAGRO

Hace falta un milagro
Él Siempre había planeado con Timo, su primo hermano, que el día en que tuvieran fuerza y edad suficientes harían una balsa de troncos y por ese riacho que, según decían corría hacia el océano, se alejarían en busca de aventuras y llegarían a la ciudad puerto.
Mucho antes de ese día que el Chinito, como le decían, no habría de olvidar, él y su primo se habían entretenido en corretear por el campo y cazar pajaritos hasta que la señorita Tita, la maestra, con su santa paciencia los convenció que no debían matarlos por mero entretenimiento, porque eran como los niños  y los adultos, seres de la naturaleza y que al igual que los humanos también los pajaritos sufrían dolor, sed, hambre y tenían pichones que los esperaban en sus nidos igual que  sus padres los tenían a ellos.
La escuela y el campo eran otros mundos, distintos del hogar y la granja donde debían ayudar al padre del Chinito en las tareas de cuidar los sembrados, regar, arrancar los yuyos, y en su momento cosechar. Debían alimentar las gallinas ya que la venta de los huevos era otro recurso para la manutención familiar, como también lo era la venta de leche que obtenían de las cuatro vacas que la mamá y el papá del Chinito ordeñaban cada día muy temprano. Pero la tarea que les gustaba más era llevar los caballos a beber al riacho y algunos días ir montados hasta el pueblo a cumplir algún encargo.
La vida de los dos niños el Chinito de once años y Timoteo de doce que aun pequeño fue adoptado por los tíos desde que su madre falleciera y el padre   marchara a la ciudad, había sido una vida entretenida, transcurrida entre la casa y su entorno: la granja, el campo con sus miles de especies vegetales y animales y la escuela donde con ayuda de la señorita Tita sistematizaban y complementaban los saberes adquiridos en esa rica vida cotidiana de niños curiosos e inquietos.
Pero ese día, que el Chinito ya no habría de olvidar, la tragedia había dado un golpe terrible a la familia. Volviendo de un mandado en el pueblo, Timo montando en el alazán, casi potro, pero que mucho le gustaba andar en él por bellaco, había sufrido una caída con tan mala suerte que su cabeza fue a golpear contra una piedra. Ahora estaba en la sala de primeros auxilios del pueblo y su vida corría serio peligro, sólo un milagro había dicho el doctor, podría salvarlo. El Chinito escuchó en silencio la noticia que le transmitía su padre, no atinó a decir nada dio la vuelta y salió al campo, por entre los arbustos , hacia el riacho que corría al pie del valle y allí se detuvo. En la soledad de ese lugar recorrido tantas veces como espacio de juegos entre él y su primo, donde se metían a bañarse en el remanse durante las tardes de verano, donde habían puesto a navegar botecitos de papel que la maestra les había enseñado a construir por plegado. Allí, solo ahora en ese escenario de las correrías de ambos, el Chinito sintió que le corrían las lágrimas por sus mejillas pensando en Timo quien quizás ya no volvería a jugar con él allí, ni a ir a la Escuela, ni a construir juntos la balsa para navegar en busca de aventuras hasta llegar  a ciudad puerto donde Timo, lo había dicho solo una vez, esperaba encontrar al padre.
El Chinito se culpó por no haberlo acompañado al pueblo ese día. Estaba atrasado en dibujar ese complicado mapa del territorio y la Señorita Tita le había dicho que si no lo presentaba ese viernes, con ríos, división política, cadenas montañosas, principales cumbres y capitales de provincias, tendría insuficiente en el boletín y eso era grave. Por eso no fue al pueblo con Timo. El habría ido montado en el zaino viejo  que también servía para tirar del carro y por eso era más lento y entonces Timo lo habría esperado, habrían ido charlando, yendo al mismo paso y no lo habría volteado el alazán. Segurito volviendo, ya entregada la leche Timo habría cabalgado más que al galope en toda la furia, porque le gustaba correr y decía que de grande sería jinete.
Se sobresaltó cuando sintió el contacto de una mano que se apoyaba sobre su hombro. Su padre que lo había seguido hasta el riacho, era quien trataba de consolarlo, el Chinito se dio vuelta, se abrazaron y el llanto que ya no pudo contener superando eso de que los hombres no lloran que le habían dicho alguna vez los compañeritos de la escuela, lloró abrazado a su padre al que también las lagrimas le corrieron por las curtidas mejillas de campesino.
Porque Timo era un hijo más, qué duda había.
Cuando ya no tuvieron lágrimas, el padre le dijo vamos Chinito a casa, ataremos el zaino al sulky para ir hasta el pueblo  y ver cómo sigue tu primo, Dios ha de querer que se mejore, tengamos fe. Y así lo hicieron. Entre ambos buscaron al zaino que pastaba en el potrero cercano a la casa, siempre pensando, silenciosos porque el Chinito siempre dicharachero y vivaz ahora ayudaba en silencio a colocarle al viejo zaino las anteojeras, la pechera, los arneses para luego hacerlo ubicarse entre las varas del sulky , enganchar los tiros y las riendas y en seguida subir los dos al carruaje y rumbear por el camino hacia el pueblo. No se miraban entre sí, pero si cualquiera de ambos lo hubiese hecho habría notado que los labios del otro se movían   en una sutil repetición de la oración que los domingos rezaban en la iglesia cuando después de la comunión el padre Morán los invitaba a repetir juntos la oración que Cristo les había enseñado. 
El cuento presentado hoy lo escribí como un ejercicio para el Taller Literario al que concurro en el Consejo de los Mayores. Los hechos y personajes que en el se incluyen son ficticios, Carlos O. Buganem

miércoles, 3 de julio de 2019

Final del viaje, cuento breve

Final del viaje

Llevaba durmiendo una hora o dos, cuando una pesada voz vino a susurrarme al oído: “Llegó tu hora, el final del viaje” era una voz ronca y pastosa con leve acento norteño..
Permanecí un rato con los ojos abiertos, en la oscuridad, esperando escuchar pasos o algo que delatara la presencia del dueño de la misteriosa voz. Por fin terminé de despertarme y me di cuenta que aquello había sido un mal sueño.
No quería desvelarme porque al día siguiente en la gerencia de la empresa de seguros donde trabajaba, me asignarían la nueva zona en la cual por treinta días debería visitar a una larga lista de posibles clientes y promoción mediante, venderles una póliza. Me habían anticipado que la zona sería en un pujante pueblo del norte y el viático para mi alojamiento y manutención era importante, vale decir que se trataba de una oportunidad que no debía desaprovechar.

“Llegó tu hora, el final del viaje” seguía resonando como un eco en mis oídos.  No podía dejar de pensar en el por qué de tremendas palabras y de  esa voz horrible que las pronunciara. 
Aunque no me agradaba recurrir a los somníferos, no tuve más remedio que levantarme e ir hasta el botiquín y tomarme una de las grageas, no sin antes asegurarme que el reloj despertador estuviese puesto para sonar a las seis y media dela mañana. Cuando sonó la odiosa campanilla tuve la sensación de haberme dormido recién. me levantéa los tumbos, tomé mi valija y salí presuroso hacia la empresa.

Cuando mi jefe me asignó la zona y me hizo entrega de las carpetas con los formularios, las instrucciones y los pasajes del ómnibus, que me llevaría hasta Mina Clavero, destino de mi viaje, no relacioné con el mal sueño de la noche anterior, del cual me había olvidado.
La empresa me pagó el taxi que abordé con premura y me trasladó a velocidad vertiginosa hasta Retiro, por las calles que comenzaban a cargarse de tránsito. Llegué justo a tiempo para despachar mi valija y mientras extraía del portafolios el pasaje, corrí a entregarlo al hombre parado junto a la puerta del ómnibus, cuya partida ya anunciaban    los altavoces.
Ya había puesto el pie derecho en el primer escalón de la puerta del ómnibus que empezó a avanzar,  cuando la voz del hombre, ronca y pastosa dijo: -“Asiento 36, al final del pasillo” Di un salto hacia atrás y me alejé del ómnibus despavorido, perdí pie y caí en el andén mientras el coche se alejaba haciendo rugir su motor.  Tanto me había recordado la voz del  comisario de a bordo a la voz de la pesadilla de la noche anterior.

Perdí aquel empleo de vendedor de seguros pero con alivio me enteré por los diarios del día siguiente que el ómnibus en cuestión había  sufrido una colisión con un camión  en la ruta a Mina Clavero y una pieza de la carrocería,  que entró por la ventanilla destrozó el asiento 36, el que por suerte, subrayaban en el artículo, estaba desocupado.
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miércoles, 1 de mayo de 2019

" El Nectar" un cuento muy breve






Puso la botella de licor casero. Es un néctar que merece copas de cristal tallado, pensó. Pero no tenía; sólo unas simples copitas lisas de vidrio grueso que habían quedado de la época en que su padre y sus tíos tomaban un par de ginebras mientras jugaban al truco los días de invierno en que no podían salir, por el frío, a trabajar la tierra que se tornaba impenetrable para el azadón o la pala.

Se había colgado pensando en los años de su niñez en el sur, amparada en la seguridad que le daba el entorno familiar, cuando el timbrazo la volvió bruscamente a la realidad. Se sobresaltó: Debe ser él, ya son las ocho. Porque habían concertado para esa hora. Dejó la botella sobre la mesa y las copitas al lado; él había quedado de traer comida de la rotisería. Se arregló el cabello a las apuradas y se alisó la falda antes de abrir la puerta.

Para su sorpresa no era el candidato sino el chico de la rotisería de la otra cuadra, que le entregó la caja y una esquela para luego subirse a la bicicleta y alejarse sin esperar propina. Mientras ella, sorprendida, se quedaba parada ante la puerta abierta, con la caja de pizza en una mano y la esquela en la otra. Helada, entendió en un momento o no entendió y así de sorprendida dio la vuelta y entró en la casa; depositó la caja sobre la mesa, abrió la esquela y leyó: “Tuve que regresar de improviso a Buenos Aires, uno de mis hijos está enfermo. Mil disculpas. R.A.”

Ahí fue que tomó conciencia de que aquel forastero, llegado un mes antes con el proyecto de instalar  la delegación de una empresa de seguros generales, la había tomado por tonta.

Se conocieron el fin de semana anterior en el baile de la Cooperadora Escolar y a mitad de semana habían tenido una cita en el restó bar “El Único” así llamado porque precisamente no había otro en el pueblo.

Ahora  Soraida  se sintió una provinciana soñadora e inocente, por no decir una estúpida.

Pero…Por qué lo habría hecho. La esquela no mencionaba cuándo Rubén Alfredo volvería al pueblo. También era cierto que, en las dos oportunidades en que hablaron, él no le había comentado que tuviera familia. Tampoco ella se lo preguntó. Qué tonta. Resulta que tenía hijos.

-Siempre me pasa esto- se dijo en voz alta- Acto seguido abrió la ventana y sin decir  ¡Agua va! Revoleó la caja con pizza a la calle.

El insulto le llegó claro y fuerte. No quiso asomarse a la ventana pero, por lo escuchado, le había acertado a alguien que pasaba. Le llamó la atención, porque era una calle poco transitada, pensó en que si hubiera sido un concurso de tiro al transeúnte, con pizzas, no le habría acertado a nadie. Tanta era su mala suerte.

Se sentó derrotada, llenó del exquisito néctar las dos copitas y mientras puso a sonar en el Winco un long play de Julio Iglesias… Se bebió una y después la otra y así mientras sonaban las melódicas “Por el amor de una mujer”, “Me olvidé de vivir”, “abrázame”… Volvió a llenar las rústicas copitas y siguió bebiendo hasta terminar con  el licor casero.
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Es un cuento de mi autoría, cuyos hechos y personajes son ficticios. C.O.Buganem 

lunes, 20 de agosto de 2018

Otro cuento del libro "Arcoiris Patagónico"


                                                 El castigo 



-He venido a buscarlo.

En el tono del recién llegado, en el dedo que me señalaba, había algo que me llenó de estupor y sentí que mis piernas no eran mis piernas. Entonces, con la velocidad con que se mueve la mente, rebusqué en mi memoria para encontrar el motivo de  estar involucrado en la posible acusación que me haría el personaje,  que se me antojó una especie de justiciero siniestro.



Pero, por qué.



En la rueda vertiginosa con que pasaron mis recuerdos, mi memoria se detuvo en la noche de verano, cinco años atrás, cuando partí del pequeño pueblito de provincia,  adonde había recalado, merced a la ayuda de  un pariente influyente, para ocupar, en carácter de aprendiz, el puesto de asistente del juez de paz. El personaje que se presentaba de pronto  cuando casualmente... ¿Casualmente?... me encontraba solo en la casa  donde residía con mi mujer y mi pequeño hijo, tenía algo de extraño e irreal. Algo en él me resultaba muy inquietante; no era congruente con el  aspecto y la actitud de las personas comunes y corrientes.

Recordé perfectamente, en realidad me di cuenta que nunca había dejado de estar presente en el plano de mi subconsciencia, que en aquel pueblito yo había iniciado relación con una joven poco menor que yo, huérfana de padres y criada por su abuela. Tan excéntrica la anciana como bella era su nieta.

-Yo soy una reina del lejano oriente. Y mi nieta es una princesa del mismo origen. 

Decía la mujer y acaso para amedrentarme, me había espetado un par de veces:

-Quien pretenda desposar a mi princesa deberá ser un noble  de alcurnia y comportarse como tal.



A mí la abuela me parecía mucho más una bruja improvisada que una reina de oriente, de hecho siempre me burlé de ella a sus espaldas y haciendo como que le seguía el juego, con tal de ganarme los favores de Mizarina, la nieta. Yo la  llamaba Miza, cuando estábamos solos, porque la vez que lo intenté ante la anciana reina, casi me expulsó de su casa.

 La joven había convencido a su  abuela que éramos buenos amigos y que nuestra amistad era al solo efecto de que  le enseñase las tareas atinentes al puesto en el juzgado; así cuando yo me fuese trasladado a la ciudad Mizarina podría acceder al cargo que yo dejaría. Y claro está que un puesto así, en aquel pueblito que sólo ofrecía a las jóvenes oportunidades como sirvientas, era muy codiciado.

 El hecho fue que la amistad entre la princesita y yo,  matizada por mis enseñanzas, fueron  al principio tibias, con el pasar de las semanas cálidas y con el transcurrir de los meses fogosas. Conforme fue girando la antigua rueda del tiempo ocurrió lo que inevitablemente el destino había dispuesto, entre dos jóvenes que nos gustábamos.  

Vivíamos felices nuestro idilio  pero,  a esta altura,  reparé en que me había complicado la vida.  Primero porque en la ciudad de la cual provenía, yo estaba comprometido con una joven de excelente familia y de ningún modo podía aparecer de regreso con otra jovencita conseguida en  un pueblito ignoto de provincia para decirle que por mi cuenta había quebrado el compromiso.  De hacerlo  el padre de mi prometida, una especie de padrino siciliano, sencillamente me mataría. Y segundo porque a Mizerina se le había puesto en su hermosa cabecita que yo era el amor de su vida, y que ella  se iría conmigo a la ciudad.

Bastante preocupado, traté de convencerla de que su destino estaba junto a su abuela reina, que desde el cargo de asistente del juez  tendría un futuro venturoso en el pueblo y que la ciudad ahogaría su naturaleza espontánea,  propia del medio donde se había criado.

Nada dije de volver por ella algún día. Tal vez por eso, lejos de convencerla, ella se manifestó dispuesta a seguirme sin darme otra alternativa y  me puso en conocimiento que si yo partía sin ella, le pediría a su abuela que me enviaría al Marqués  un gitano de la corte oriental, en realidad un siniestro mago, cubierto con sombrero de copa de alas anchas, pañuelo rojo al cuello,  traje negro y tapadera en su ojo derecho, que había perdido en una pelea de tribus, para que me transformara  en sólo un cuerpo sin alma ni memoria condenado a vagar días y noches sin reconocer ni recordar  siquiera a mis progenitores.

Incrédulo de brujerías y magias orientales, yo había partido del pueblo dejando a Mizerina y a su abuela reina sin siquiera despedirme. Ya en la ciudad, ascenso de por medio en mi carrera judicial, había formado mi familia. Por eso ahora miraba ensimismado sin capacidad de reaccionar al hombre recién llegado, vestido de negro desde el sombrero al traje, pañuelo rojo al cuello y que,  mientras me señalaba con su dedo tembloroso, me miraba siniestramente desde su único ojo vivo: el izquierdo.
                                                      

"El castigo" es un relato de ficción escrito por Carlos Buganem, uno de los siete autores de San Martín de los Andes (Neuquén-Argentina) cuyos trabajos integran el libro "Arcoíris Patagónico"

domingo, 6 de mayo de 2018

"Lo que Beatriz sabía del mar" (Cuento breve)





En la sección A de cuarto año iban a iniciar el estudio del mar como ecosistema y su importancia histórica, económica y social en la vida de los pueblos.

La profesora había comenzado por preguntar si todos conocían el mar. Varios de los muchachos que no había tenido la experiencia haber viajado alguna vez a la costa, no tuvieron empacho en decirlo. En cambio Beatriz, quien a sus dieciséis años tampoco había conocido el mar, guardó silencio.

 Es que sus compañeras de curso, todas de mejor status económico  que ella, cada reinicio de clases narraban los acontecimientos vividos con sus familias durante los días de vacaciones  en las playas de Mar del Plata, de Miramar o de Villa Gesell que acreditaban con el hermoso bronceado que lucían en sus cuerpos. A Beatriz le daba pudor y por eso se apartaba discretamente del corrillo para no ponerse en evidencia.

En la continuidad de la clase, la profesora de Ciencias naturales, propuso que  preparasen para la semana siguiente un trabajo escrito e individual  dando su punto de vista sobre algún aspecto que evidenciara la importancia del mar en cuanto ecosistema. Esos trabajos - concluyó diciendo-  servirían de disparador para abordar la temática “El mar como ecosistema”

Ese día al terminar la jornada, Beatriz se retiró entusiasmada. A pesar de no haber ido nunca a la costa de ningún mar ni como sus compañeras de curso volver de sus vacaciones con la piel bronceada por los rayos del sol en alguna playa , tenía muy claro sobre que aspecto versaría su trabajo. Ella  se había interesado desde chica por leer e informarse al respecto.

 Quizá muchas de sus compañeras y compañeros no se fueron  tan entusiasmados y hasta se escuchó algún comentario negativo porque a pocos les agradaba escribir y aunque en menor medida poco les agradaba leer, en especial si de libros se trataba. No en vano renegaba la profe de literatura.

Pasada la semana y llegado el día de presentar los trabajos, estos, para satisfacción de la docente, eran muy variados.

Una de las chicas trajo para leer el poema de Pablo Neruda “El Mar” que comienza con estos versos:

Necesito del mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.

Otra leyó su comentario escrito sobre la importancia de la pesca marítima en la economía y la alimentación de la humanidad.

Un compañero de clase, cuya aplicación a las ciencias sociales era reconocida, se refirió a los dioses de la mitología mencionando a Afrodita Diosa griega  del amor y de la belleza , o venus para los romanos,  hija de Urano  y pintada con maestría por Boticelli en su obra El nacimiento de Venus. Sin dejar de mencionar a Poseidón   Dios del Mar que como lo hiciera con Atenas solía castigar con  inundaciones y tormentas a los pueblos que no lo honraban a su gusto y placer.

Así todos fueron exponiendo sus trabajos, sin faltar las rutas marítimas y el derrotero seguido por los países de Europa que mediante tantas expediciones  descubrieron y colonizaron territorios en África y en América.

Cuando fue el turno de Beatriz,  leyó su trabajo consistente en el comentario de un filme documental titulado “Planeta plástico” referido a la contaminación del ambiente y a cómo los diversos envases plásticos y todo tipo de utensilios fabricados con ese material arrastrados por distintos cursos de agua iban finalmente a terminar en los mares. Así relató escenas aterradoras donde peces y diversa fauna marina confunde restos de plástico con medusas y al ser desmenuzados por el movimiento de las olas y el efecto del agua salada se forma un falso plancton con restos microscópicos de residuos plásticos que afectan mortalmente a la fauna. Y concluyó diciendo:

“ Del mar proceden todos nuestros recuerdos, él nunca se doblega” pero somos nosotros los humanos quienes debemos ayudarlo.

Beatriz, la adolescente que amaba el mar sin todavía conocerlo fue felicitada ese día por la profesora quien prometió traer el filme para verlo y comentarlo en clase.
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