miércoles, 10 de enero de 2018

CALANDRIA AMIGA (Del libro Arcoiris patagónico)




CALANDRIA AMIGA

 Espero  oírte                                                      Augurándome           

 en cada alborada                                         que tendré un buen día

 trinando feliz.                                               Despiertas mi fe.     











                              

                                        

           

 Don Elías, campesino y labrador , padre de familia,  oía cantar las aves muy temprano en el valle patagónico , en especial al amanecer, el canto claro y bellamente armonioso  de una calandria, encendía su ánimo para emprender la dura jornada que dedicaba a trabajar la tierra.
El hombre sensible a esa música armoniosa, con los años y a pesar del endurecimiento devenido de su trabajo, dificultado por los factores climáticos, se fue sensibilizando a esa dulce música que emanaba del canto del ave criolla.
Era como si cada rancho del Paraje punta de Agua, tuviera su propia calandria, que siempre se posaba para cantar en un mismo lugar. En la casa de Elías lo hacía en uno de los palos de sauce que servían de sostén a la enramada.
En tantos años, fueron contadas con los dedos de una mano, los días en que no  escuchó, al amanecer, el canto familiar y estimulante de la calandria. Elías los recordaba muy bien. ¿Cómo podría no recordarlos si la primera vez fue en los inicios de sus años como pionero de ese valle, cuando el fuerte viento arruinó la cosecha y levantó el techo de la humilde casita.  Otro tanto había ocurrido el día en que vinieron a notificarle que el banco prendaba su pequeña chacra, por deudas. Eso había sido el año en que la helada temprana quemó los sembrados.  Algo semejante había ocurrido cuando las lluvias torrenciales causaron el desborde del río y las turbias aguas se llevaron  la cosecha.
Y, finalmente tampoco cantó la calandria el día en que vinieron sus hijos, ya hombres a comunicarle que su compañera de toda la vida, por semanas internada en el hospital del pueblo, había partido de este mundo.
-Estoy viejo y tonto, ¿O es la memoria que me falla y me hace pensar que las cosas pasaron en forma distinta a la realidad? Así pensaba aquella mañana al despertarse, de madrugada y en silencio, solo en su cama, esperaba oír el canto de su pequeña amiga alada. Estaba preparado, desde que perdió a su compañera y tenía la certeza que el próximo día que no cantara la calandria, sería la señal que era su momento de partir. Y fue así. Esa última mañana Elías no escucho el canto melodioso y entonces se levantó con esfuerzo, ordenó la cama, se vistió con sus mejores ropas, peinó sus blancos cabellos y se sentó, con la pava y el mate más la compañía fiel del  perro, a esperar bajo la enramada.
Allí lo encontraron, al día siguiente, como dormido.  En el momento de depositarlo en su última morada,  hijos y amigos apenados,  recordando las virtudes del difunto, no repararon en la pequeña ave canora que, a manera de responso cantó su despedida desde un viejo sauce cercano.

2015

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